Madera, porcelánico, microcemento… y la búsqueda de la base perfecta.
En cada proyecto elegimos con precisión quirúrgica qué material tocará el suelo.
No es solo una cuestión estética: el pavimento es piel, es continuidad, es soporte emocional y físico para todo lo que vendrá después.
Los tres materiales que más usamos, madera natural, porcelánico de gran formato y microcemento, tienen fortalezas distintas.
La madera emociona, conecta con la naturaleza, memoria, sonido. Pero cuando hay demasiada madera, el espacio se empacha. Se vuelve pesado.
El porcelánico de gran formato ofrece resistencia y limpieza visual, pero a veces su perfección roza lo frío.
Y entonces está el microcemento.
Últimamente, se ha convertido en nuestra elección más recurrente, casi como una declaración de intenciones.
Es una piel continua, sin juntas, sin interrupciones. Un fondo neutro pero lleno de carácter.
Sus matices en color son infinitos: desde beiges empolvados hasta grises cálidos o tonos tierra que acarician la luz natural. Tiene algo muy sutil que lo hace único:
Realza lo que lo rodea.
Hace que una mesa de roble o una cocina de madera cobren protagonismo, mientras él se queda en segundo plano, elegante, sereno.
A diferencia del parquet, que compite con los muebles, el microcemento los deja brillar.
Y no solo es bello. Es cálido al pisar, se adapta a cualquier estilo decorativo y, técnicamente, es una solución eficiente, impermeable y duradera.
Para nosotras, es el suelo que no impone, sino acompaña.
Un pavimento que no quiere robar protagonismo, pero que lo cambia todo.